Plaza San Martín. Martes de noviembre al mediodía. Día soleado de calor. La plaza estaba llena de empleados, oficinistas, cadetes y motoqueros disfrutando la hora del almuerzo.
En un banco de la parte alta de la plaza, sentados a la sombra:
Él: metro setenta, tez trigeña, flaco pero fibroso, corte a la moda... a la moda cabeza! Obligatorias llantas, en este caso grises, un jean ancho con un dragón blanco en la pantorrilla izquierda y chomba rayada abotonada hasta arriba.
Ella: muy grande! No gorda, maciza. Mulata, mucho pelo y bien negro. Musculosa de breteles con escote recto, el cual había cedido ante la presión de dos terribles tetazas. Jean azul oscuro ajustado... bien ajustado! Botas de caña alta, negras, acharoladas y de taco aguja. Carterita “en composé” con las botas y anteojos oscuros grandes, igualitos a los que usa Victoria Beckham.
Acarameladísimos leyendo el último número de la revista Gente. Ella le hacía mimos en la nuca rapada incesantemente y él, cruzado de piernas, sentado casi sobre la espalda le comentaba los artículos.
No llamaban la atención salvo a un grupo de adolescentes que sentados en la baranda de cemento, no dejaban de cuchichiar.
Hasta que decidieron irse...
Él se paró primero, enrolló la revista y se acomodó “la corona” cuidadosamente peinada con gel. Ella se caló la carterita en el hombro y se paró, no sin antes acomodarse el escote y, por su puesto, las tetazas. Se subió el jean hasta donde pudo y puso la carterita en su lugar.
Y ese fue el momento en el que todas las miradas se fijaron en ellos, como ajugas magnéticas atraídas por el Polo Norte. Algunos trataban de disimular y la mayoría se limitaron a sonreir... ¡Y sí! ¡Terrible travesti!
Sin inmutarse, comenzaron a caminar despacito y de la mano, en dirección al Kavanagh. Para el lado del Kavanagh...
De vuelta en el trabajo, comentando la situación, una compañera me dice: “¡Está perfecto! No seas prejuicioso, lo que importa es el amor, que la gente se quiera. Siempre hubo homosexuales y está bien que vayamos aprendiendo a convivir con ellos.” A los que un muchacho joven de la oficina le respondió: “Ok, ok... Pero no sé si da. Además que huevos el loco, no le importa nada.”
No sé si el loco, pero “ella” debía tener unos huevos gigantes...
Ese jean no dejaba la menor duda.

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